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Núm. 214 | De 02.09.2008

REPORTAJES

Monsanto y la USAID en África

Varias ONG acusaron a Monsanto de usar la cooperación para ampliar mercados

Monsanto y la USAID en África

Núm. 187 |  22.01.2008

La USAID es la agencia del Gobierno estadounidense dedicada a “planificar y administrar la asistencia económica y humanitaria de Estados Unidos en todo el mundo”. La norteamericana Monsanto es una de las mayores empresas del mundo dedicada a la biotecnología. Ambas podrían haber usado la cooperación al desarrollo como una herramienta para promover a la industria biotecnológica norteamericana en el mundo.

La USAID tiene su homólogo español en la Agencia Española de Cooperación Internacional, AECI. Sin embargo,  la institución americana tiene una clara y pública alineación con los intereses económicos de la Administración estadounidense. Por tanto, no difiere sólo de la agencia española en el volumen de fondos que es capaz de movilizar como agencia de cooperación de la primera potencia mundial, sino de los objetivos y estrategias que están detrás de esa “planificación y administración”.

En el caso concreto de África, según recoge el documento marco sobre la estrategia del USAID en el continente, los objetivos  establecidos por la agencia para África pretenden dirigir sus recursos a “contribuir de la mejor manera posible a los fines  de la Agencia, al tiempo, que apoyan los objetivos de la política exterior del Gobierno de Estados Unidos que esta articulada en la Estrategia Nacional de Seguridad y  el Plan Estratégico Común Estado-USAID”.

Estos objetivos de la política exterior estadounidense son: la mejora de los derechos humanos y el buen gobierno, la lucha contra el terrorismo, la prevención y mitigación de los conflictos, la prevención del sida, la protección de los recursos naturales y la expansión del comercio y la inversión a través del sector privado.

A priori, la implicación privada en la promoción del desarrollo es una estrategia profundamente coherente con una visión activa de la Responsabilidad Corporativa.  Sin embargo, la lectura debe ser otra cuando la actividad pública en el ámbito de la cooperación sirve a los intereses privados y esencialmente lucrativos de alguna empresa. Uno de los lugares donde la cooperación al desarrollo podría haber trabajado al servicio de los intereses comerciales de determinadas empresas es precisamente en África.

En el  documento antes mencionado sobre la estrategia de la USAID en África, se explica la existencia de un área de trabajo de la agencia dedicada a la agricultura. Uno de los objetivos planteados habla de “mejorar la productividad de la agricultura, incluyendo la extensión y uso de las nuevas tecnologías”. Para materializar este objetivo la USAID tiene el programa “Enhance productivity of agriculture” cuya dinámica de trabajo la agencia explica de la siguiente manera: “El éxito de los productores orientados al mercado se fundamenta en las relaciones con amplias redes de investigación científica, desarrollo tecnológico y sistemas de comercio e inversión. Entre otras cosas, los granjeros se basan en fertilizantes y semillas mejoradas y en la información procedente tanto de emprendedores privados como de programas públicos de extensión agrícola”.

De estas palabras se desprende el apoyo de la USAID, y por tanto de la Administración estadounidense,  a la mejora de la agricultura a través del desarrollo tecnológico y, en concreto, a través de “fertilizantes y semillas mejoradas”. En definitiva, la cooperación estadounidense apuesta por la biotecnología como una herramienta de desarrollo en África.


Biotecnología y cooperación en África

Una de las mayores empresas del sector biotecnológico es la norteamericana Monsanto.  En el ejercicio fiscal 2007, esta multinacional  registró un beneficio neto de 993 millones de dólares, un 44% más que en el periodo anterior, tiene contratadas a 21.800 personas y está presente en 61 países. Su negocio se divide en dos segmentos: Productividad Agrícola y Semillas-Genómica. El segmento de Productividad Agrícola incluye los herbicidas Roundup y otros dedicados a la protección de cultivos, y una empresa agropecuaria animal.  El segmento de semillas y genómica se dedica a la comercialización semillas y a la biotecnología.

A pesar de ser una tecnología muy polémica y en muchos casos en pruebas, la biotecnología constituye un negocio creciente en el mundo dados los ingresos de Monsanto.  Más de la mitad de su negocio se encuentra en Estados Unidos así que sus necesidades de crecimiento le han llevado siempre más lejos de sus fronteras. Aquí es donde Monsanto y la USAID podrían haber encontrado un territorio común para el desarrollo de los intereses norteamericanos alrededor del mundo.

En 2002 Greenpeace denunciaba que la USAID llevaba 10 años usando su ayuda contra en hambre en África como un medio para introducir cosechas transgénicas a favor del negocio de sus empresas biotecnológicas,   al tiempo que con ello facilitaba un subsidio encubierto a los granjeros norteamericanos liberando así al país de los excedentes de trigo.  De este modo, los granjeros norteamericanos dedicados al cultivo de trigo, maíz y soja tenían un mercado garantizado.

En concreto, la ONG afirmaba que la USAID había lanzado varios programas sobre transgénicos dedicados a persuadir a los países en desarrollo de que aceptarán esta tecnología, que conocidas empresas como Monsanto financiaban numerosos de estos programas y que la entidad financiaba a las corporaciones para que llevaran investigaciones en África en institutos científicos locales.

En la misma línea denunciaba en 2005 la organización GRAIN la actuación de la USAID en  países como Kenia, Egipto o  Uganda. Lugares donde, según la ONG dedicada a la defensa de la biodiversidad agrícola, la USAID se ocupa de imponer “el modelo agrícola de los Estados Unidos y sus cultivos manipulados genéticamente, que benefician abiertamente a las empresas estadounidenses”.

En concreto, la organización documentaba el caso de Monsanto y la USAID en Kenia en 1990. La empresa quería que la USAID le ayudara a promover un cultivo transgénico en África que diera buena fama a estos productos en la región. La USAID les facilitó la colaboración con el Instituto de Investigación Agrícola de Kenia, KARI, y la empresa inició una relación basada en la financiación de la investigación para posteriormente ir abriendo camino a los ensayos de campo de sus productos.

Hecho que no oculta la propia página web de la USAID donde se presenta la alianza entre la agencia, Monsanto, la Universidad de Missouri y KARI como la primera alianza público-privada de la USAID relacionada con la biotecnología. En esta colaboración  la agencia aportó un fondo inicial para semillas de cerca de 200.000$ mientras que la aportación de Monsanto, hasta la fecha, ha sido de casi dos millones de dólares invertidos en proveer al centro KARI de un laboratorio para investigar la batata transgénica y en la transferencia eventual de los derechos de propiedad intelectual sobre esta variedad de batata resistente a los virus.

Mientras, durante la negociación del Protocolo de Cartagena sobre Prevención de Riesgos Biotecnológicos que formaba parte de un acuerdo internacional promovido por Naciones Unidad para controlar el movimiento de cosechas transgénicas alrededor del mundo, los países africanos dejaron claro que no quería ser un banco de pruebas para la comida genéticamente modificada.


Abrir mercados o cómo hacer que se “den cuenta”

Sin embargo, el negocio de Monsanto sigue en aumento en los países en vías de desarrollo. La Organización de la Industria Tecnológica anunciaba en 2006 que más del 90% de los 8 millones de granjeros que cultivaban transgénicos se encontraban en estos países.  De hecho, por ejemplo, las mayores cuotas de mercado de Monsanto para las semillas de maíz transgénico se encuentra en México con un 60%, y donde más se ha incrementado es en Sudáfrica donde es de un 49% experimentando un crecimiento del 11% en el periodo 2004-2006.

Aún así, para estas mismas tecnologías relacionadas con el maíz, la compañía explica en su memoria 2006 que los granjeros de Brasil, India, Europa y África todavía tienen que “darse cuenta” del potencial de estos productos. “A medida que conseguimos la aprobación comercial de nuestros productos en estos y otros mercados emergentes, trabajamos constantemente para implementar metodologías  que permitan que nuestro negocio, dueños de licencias y distribuidores sean justamente retribuidos, y para que nuestros consumidores sean capaces de darse cuenta del valor de nuestras innovaciones”, continua el mismo texto que contiene su memoria.

La biotecnología vegetal consiste en la transferencia selectiva de un gen o de unos genes para generar plantas que contengan ciertas características deseables y eliminar otras que no lo son.  Según las empresas biotecnológicas sus trabajos consiguen nuevas variedades que se defienden mejor de insectos, enfermedades y malas hierbas que destrozan los cultivos, o bien, pueden incorporar mejoras en la calidad, ventajas en su procesado o un mayor nivel nutritivo. 

Los ecologistas critican esta tecnología porque consideran que la alteración o inestabilidad de los genes puede hacer que la planta produzca nuevas toxinas y las proteínas que produce el gen extraño pueden ocasionar alergias o toxicidad. A nivel ambiental acusan a las variedades transgénicas de contaminar genéticamente a otras variedades de la misma especie o a especies silvestres emparentadas acabando con la biodiversidad y contaminando el suelo. Afirman que la contaminación genética es irreversible e impredecible ya que la polinización depende de factores naturales y, por lo tanto, es imposible controlarla.

Por su parte, las empresas defienden esta tecnología como la alternativa más viable a un horizonte en el que el crecimiento de la población y la sobreexplotación de los recursos de la Tierra pondrá en serio compromiso el suministro alimentario mundial. Presentan sus productos e investigaciones como el camino para obtener mayor rendimiento de las cosechas, preservar con ello otros terrenos y así cumplir el reto del desarrollo sostenible.

Sin embargo, lejos de entrar en un debate acerca del  rendimiento de los productos transgénicos y su capacidad para contaminar otros cultivos, lo cierto es que el producto transgénico está patentado y controlado por un número limitado de empresas que también comercializan todos los productos asociados y necesarios para el cultivo de estas  variedades.  De este modo, considerando que África es un continente eminentemente agrícola, los intereses de las empresas biotecnológicas en la región están justificados.

Más allá de los intereses estratégicos de la Administración norteamericana y la necesidad de mercado de empresas como Monsanto, la transparencia debiera imperar en la implementación de una tecnología con un impacto social, ambiental y económico tan amplio. Hay que tener en cuenta que el 60% de la población del África subsahariana, más de 192 millones de personas, según el informe de la FAO “Estado Mundial de la Agricultura y la Alimentación 2005”, viven de la agricultura en un frágil equilibrio en el que está comprometido su forma de supervivencia y la biodiversidad de todo un continente. 

 


 

Alma Pérez

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